Podría describir mi vida desde los proyectos que he inventado o en los que he colaborado desde equipos entusiastas. Algunos me han atrapado durante años. Son los que más quiero, a los que me he lanzado entero. En todos he aportado y he aprendido. Incluso como profe o consultor, el proyecto lo sitúo siempre en un espacio nuclear: desde la idea, su relato, su estructura y producción, su gestión y comunicación. El proyecto me fascina porque implica hacer cosas con otros.

He aprendido que cualquier proyecto empieza por escuchar el entorno directa y atentamente. Para, desde los ciudadanos, pensar la idea que aporte sentido, solución, innovación a lo que se pretende. Las ideas, estoy convencido, preceden a la gestión. Y no dependen de la economía, que viene mucho después. Lo cuento siempre en mis cursos y seminarios, pero a muchos les parece solo una ocurrencia. Esta idea debe trabajarse, para un proyecto público, siempre con un equipo para mejorarla, adecuarla.

Desde este trabajo, la idea generara acciones o servicios que se deben fijar y desarrollar, optando por personas, infraestructuras, tiempos, economía, comunicación, evaluación y día de compartirlo con los ciudadanos. No apostando jamás por un proyecto mediocre o para salir del paso.

Cuando era maestro trabajaba así. Y seguí con el mismo estilo cuando con un grupo de amigos inventamos la primera escuela para el tiempo libre del país o la revista Ajoblanco y otras. Y todo lo perfeccioné en mis largos años de trabajo en el equipo de equipos del Ayuntamiento de Barcelona.

Ahora, jubilado, lo aplico a un par de proyectos que me apasionan.